• Johannesburgo,  Sudáfrica

    Qué ver en Johannesburgo

    Johannesburgo es una de las ciudades más peligrosas y a la vez más interesantes del mundo. Allí hicimos turismo de apartheid: visitamos la casa de Nelson Mandela en Soweto, el monumento a Hector Pieterson y el Museo del Apartheid.

    El viaje desde Antananarivo hasta Johannesburgo conllevó otras casi 15 horas, debido a la escala que hay que hacer en Nairobi. Viajamos con Kenya Airlines y salimos sobre las 14 de la tarde. A medianoche llegamos a Johannesburgo, con lo que reservamos una habitación en un hostel cercano al aeropuerto llamado Avion City Lodge (bastante cutre). En un principio pensábamos estar en Johannesburgo los últimos doce días de nuestro viaje, pero al final decidimos reestructurar nuestra idea inicial e incluir también Drakensberg y Durban por dos razones: la primera es que Johannesburgo nos dio un poco de miedito en general; la segunda es que hacía un frío del carajo y queríamos ir a un lugar de más calor. En cualquier caso, teníamos que volver allí para tomar el avión de vuelta hasta Madrid.

    Tratamos de buscar un alojamiento bonito y chic para nuestros días, pero no lo conseguimos por ir de listillos y no reservar con antelación. Generalmente nunca hemos tenido problema con los alojamientos, pero tanto en Johannesburgo como en Ciudad del Cabo hay que tener especial atención si se visitan durante un fin de semana, ya que suele haber más movimiento de turistas jóvenes que colonizan los backpackers. La parte más moderna de la ciudad es Maboneng, donde hay muchos backpackers muy chulos así como tiendas, restaurantes y galerías del arte. Vendría a ser una especie de Malasaña sudafricano, que anteriormente era un suburbio para la clase marginal. Después de probar en varios sitios, al final conseguimos una habitación en Rosebank, un backpackers bastante dejado y muy mejorable, pero donde tuvimos calefacción (que con el frío que hacía hacía bastante falta, todo sea dicho).

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    Cualquier leyenda urbana acerca de Johannesburgo y la seguridad es poca, con lo que extremamos la precaución hasta el punto en que casi no abandonamos el calor de nuestra habitación. Las salidas eran exclusivamente al centro comercial que estaba más cerca de nuestro alojamiento para comprar comida y dar un paseo. Estuvimos en total tres días y uno de ellos lo dedicamos íntegro a visitar la ciudad. Para ello pagamos a un taxista 74 euros entre los dos para que nos llevara a todos los sitios. Este fue el itinerario:

    Lion Park. Se trata de una mini reserva-zoo donde se pueden ver muchos leones, muchos de ellos blancos. Se hizo mundialmente conocida porque en 2015 una turista murió tras ser atacada por una leona que se abalanzó sobre la ventanilla. Fuimos aquí porque la ilusión de mi vida era tocar a un cachorro de león. La entrada es de 14 euros por persona y viene incluido un paseo en un coche de safari así como el poder acariciar a un cachorro de león. También se pueden pagar 100$ y dar un paseo con ellos.

     

    Soweto. En el mítico suburbio de Soweto fuimos a visitar la Casa de Nelson Mandela, que es bastante pequeña y en cinco minutos está todo visto. Son coloridos los puestos de souvenirs que hay alrededor. También nos hicimos una foto en el monumento de Hector Pieterson (destacada figura de la lucha contra el apartheid que murió de un disparo durante una protesta estudiantil en la década de los setenta), pero no entramos al museo.

    Museo Apartheid. De visita obligatoria. Archivo impresionante de la época del apartheid, documentos, recortes de prensa, entrevistas filmadas y testimonios de personas afectadas por la medida. Es un paso por la historia de un país que no debe dejar de recordar su pasado al mismo tiempo que debe mirar hacia adelante y superar las heridas.

    Panorámica por la ciudad. Hicimos la panorámica del centro de la ciudad desde el taxi porque el ambiente que había un domingo por la tarde era de lo más chungo. El antiguo centro financiero se convirtió hace años en las viviendas de muchos sin hogar. Ha sido la única ocasión de nuestro viaje en el que hemos tenido un poco de miedo de ir solos.