• Madagascar,  Parque Nacional de Ankarafantsika

    Parque Nacional de Ankarafantsika

    Nuestro viaje hacia el sur partía de nuevo en Antananarivo. La primera parada fue el Parque Nacional de Ankarafantsika y después nos dirigimos a la isla de Nosy Be. Aquí pasamos una noche e hicimos dos trekkings distintos en un mismo día. Pudimos ver las especies de lémures más pequeñas de Madagascar y un canyon. 

    A sabiendas de que los viajes en taxi brousse son una tortura para llegar hasta la isla de Nosy Be, decidimos hacer el trayecto en dos días y así parar en el Parque Nacional de Ankarafantsika. El clima en el norte pronto cambió radicalmente del frío al que nos habían acostumbrado el sur y Antananarivo. Salimos de Tana con retraso, para variar. Nunca os fiéis de la hora de salida de un transporte local africano, porque nunca es real. Además, cuando pensábamos que íbamos a salir, llegó un señor con varios muebles que fueron cargados en la vaca del coche. Sí, habéis leído bien. Maletas, muebles, gallinas, verduras y carbón. Todo encuentra su lugar en las vacas de los taxi brousses en Madagascar.

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    La chatarra de lata naranja a la que se llama transporte hizo que llegásemos al destino tres horas después de la hora que nos había prometido en un principio. De nuevo, no sé ni por qué nos seguimos sorprendiendo (y cabreando) porque pasen cosas así. Pero sí que podemos decir que quizá este haya sido el peor taxi brousse que hemos utilizado en el país, con los asientos medio rotos y todo sucio. Al final fueron unas diez horas que nos hicieron llegar por la noche al destino, con lo que teníamos pocas opciones para encontrar un lugar donde dormir.

    El conductor nos sugirió quedarnos en el hotel que hay dentro del mismo parque. Después de ver el precio de los chalets (no muy caro pero sí fuera de nuestro budget) decidimos quedarnos en una de las habitaciones que generalmente están reservadas para los conductores y era muy barata. No podía ser más cuchitril, de hecho parecía el típico zulo de las películas en el que tienen a la gente secuestrada durante años, únicamente con una cama y una mesa y sin baño. Para ducharnos o ir al baño teníamos que ir a una zona común llena de bichitos, sin agua caliente y con las cañerías oxidadas. Muy turbio todo, especialmente al llegar cansados por la noche.

    Cenamos en el hotel y decidimos darnos un homenaje con una botella de vino para esa noche y la siguiente. Por la mañana realizamos la primera de nuestras dos excursiones en el interior del parque, donde vimos algunas especies de lémures nocturnos, los más pequeños que se pueden encontrar, y llegamos hasta un cañón natural sofocados por el calor. Al regreso al campamento base pudimos ver algunas especies nuevas de lémures que se aguardaban cerca del restaurante a que algún turista les diera los restos de su desayuno. Tras esta primera incursión nos tomamos unos sándwiches para reponer energías antes de continuar con la visita.

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    Por la tarde recorrimos un pequeño lago donde abundaban los cocodrilos, aunque no vimos a ninguno. El guía nos contó que los crocodilos seguían matando a muchos pescadores que acudían a las aguas en busca de peces, entre otras muchas cosas de las que estuvimos hablando. Sin duda, conocerle fue lo mejor de nuestra parada en Ankafantsika. Nos explicó muchas cosas sobre la región en la que nos encontrábamos, sobre su trabajo como guía y la importancia de un turismo sostenible, así como de la gestión del país, la influencia de Francia y la corrupción.

    Al finalizar nuestro amigo nos llevó al restaurante de su cuñada donde tomamos un rico arroz con huevos fritos (le ensañamos cómo hacer unos huevos fritos a la española), salsa de tomate y aguacate hasta que sobre las siete de la noche tomamos el taxi brousse nocturno para ir hasta Nosy Be. Lo hicimos de esta manera porque no había posibilidad de salir por la mañana. La duración del viaje era de trece horas, todas por la noche. En Madagascar no tienen por costumbre añadir más gente a los viajes de los asientos estipulados. O eso habíamos vivido hasta ese momento.

    Una hora después de comenzar la ruta paramos en otro población donde recogieron a más personas y quisieron poner a cinco por fila. Intentamos hacer la revolución en el taxi brousse diciendo que la gente no había pagado para eso y que no podían tenernos a todos como sardinas en lata. Nuestra queja no fue secundada por el resto de personas y al final optaron por poner a la persona que iba a ir en nuestra fila en otra, con lo que en vez de cuatro eran seis. Nos sentimos bastante mal por ellos, pero si nunca se quejan siempre tendrán que aguantar situaciones de abuso.